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Mostrando las entradas con la etiqueta Cosas de la vida

Y la peste yira yira

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Hace unos años no hubiera imaginado que mi humanidad fuera a dar a Colombia y mucho menos a las montañas que rodean la represa del Guavio. Pero los vericuetos del destino y mis hábitos trashumantes, me llevaron junto a mi esposa a adquirir una pequeña finca en una vereda del municipio de Gachalá rodeada de bosques de pinos, eucaliptos, guayabos, plátanos, limoneros, lulos, cafetos, guaduas y otras especies de exuberante verdura tropical. La amplia galería de la casa, nos permite gozar de atardeceres de ensueño cuando el sol cae lentamente detrás de los cerros, o momentos fantasmagóricos provocados por los espesos vapores de agua que suben de la represa y se posan sobre las laderas. Por las noches despejadas, las infinitas estrellas; la luna al alcance de la mano; Venus como un farol que brilla como nunca lo había visto; Orión- única constelación que conozco- y sus Tres Marías que apuntan a una estrella a la que puse el nombre de un viejo amor, esparcen sobre el campo un resplando...

Bolitas

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Había bajado el sol y ya la canícula veraniega no apretaba tanto. Estaba lindo para caminar. A paso cansino nos internamos por Zumarán, barrio popular donde las tertulias familiares se hacen en las veredas, el cuarteto suena a toda hora y los changos ya sin la obligación de la escuela llenan la plaza, las calles y los baldíos. En la esquina de Lulio y Angel Gallardo hay uno de esos espacios -amplio-de tierra apisonada, frente a un par de humildes viviendas con cercas de ligustros y rosales, cobijadas por la sombra de una florida magnolia. Sobre la inexistente acera se yergue un añejo y frondoso paraíso y bajo su sombra fresca, parejas de chicos, unos por un lado y otros por otro jugando a las bolitas. Bolones, aceritos, cristales, japonesas y también las sencillas de cerámicas, ruedan por la tierra haciendo "hoyo y quema" o esperan ser sacadas de la "redondela". Los changuitos, ladeando la lengua y achinando los ojos afinan la puntería para tratar de darle a la...

Hora pico

El tren del Ferrocarril Sarmiento, en el que veníamos desde Morón, comenzó a andar a paso de hombre a la altura de Flores y siguió así exasperando a todo el pasaje, sin que nadie encontrara una causa ni alguien las diera, hasta pasar Caballito donde finalmente detuvo su marcha. Recién en ese momento y ante la presión de varias personas que se agolparon frente a la puerta de la cabina del maquinista, vinieron las explicaciones que nosotros no alcanzamos a escuchar porque estábamos lejos. Tampoco nos preocupaba como, según podíamos ver, al resto de los pasajeros; tal vez porque estábamos paseando y no nos apremiaba la necesidad de llegar a destino en algún horario prefijado. Serían como las seis y media o siete de la tarde, horario en que la gente sale de su actividad laboral y no ve las horas de llegar a su casa, sobre todo después de viajar en colectivo o subte para después subirse a un tren. Después de varios minutos el tren arrancó nuevamente y a respetable velocidad se dirigió...

Un espíritu travieso

En casa se pierden las cosas. Desaparecen, se esfuman de los lugares donde deberían estar, de los sitios habituales. Y uno pierde minutos, horas y a veces días buscando. No duerme pensando donde podría haber dejado eso. Repasa cada movimiento desde el instante en que recuerda que estuvo en sus manos por última vez; o en sus pies, o en su cabeza o en sus hombros. Hace el recorrido lógico y mira en detalle, escarba, mueve y remueve libros, adornos, papeles y repite “aquí debería estar”, “aquí lo dejé”, “en este lugar lo vi por ultima vez” y cada vez se pone más y más nervioso ; levanta la voz, gesticula, putea, blasfema, patea zócalos y no entiende como puede ser. Se sienta, cavila, enumera las acciones realizadas con los dedos de la mano izquierda y se dispone a repetir cada paso. Así hasta que se cansa, entonces busca en lugares imposibles como el baño, la heladera, el patio o abajo de los muebles como para no dejar sin cubrir alguna posibilidad de haber realizado una maniobra o un r...

Tanguero

Caseros y Rivera Indarte. Viernes. La tarde empieza perezosamente a cederle lugar a la noche. La peatonal es un hormiguero de jóvenes universitarios, de turistas de fin de semana y empleados que finalizaron su jornada.  En la esquina, pantalón negro, camisa blanca, chaleco gris, zapatos con brillo y un funyi gastado, el cantor de tangos. Con su guitarra y su voz melodiosa, va entregando su arte haciéndole honor a la canción urbana. Canta bien. Yo lo sigo, cantando también, en voz baja mientras miramos vidrieras; me sé casi todos las letras. La gente pasa a su lado indiferente. Solo alguno se detiene un rato para seguir enseguida su camino. Termina de cantar y se auto-fabrica una ovación de un público virtual que enseguida le grita ¡Ídolo!¡Ídolo!. Gracias – contesta (se contesta). ¡No te mueras nunca! -vuelve a la carga su público. Eso intento pero con la plata que me dan ustedes es difícil. Hace un silencio y como reflexionando en voz alta agrega: No es sencillo ser un tanguero ...

Gracias a la vida (Un día lluvioso)

L a estridente campanilla del despertador inundó la habitación. Las agujas indicaban las cinco y treinta de la mañana. Daniel sacó displicentemente un brazo de abajo de la manta y después de varios manotazos consiguió silenciar el diabólico aparato. Miró para todos lados con la manta hasta la altura de la nariz, como quien no sabe adonde está y se concentró en la ventana por donde se colaba una tenue luminosidad. Se percató de que llovía; escuchaba el agua que golpeaba contra la persiana. Instantáneamente se sumergió bajo las sábanas, acurrucándose. Lo invadió la idea de no ir a trabajar; no quería mojarse y además era una de esas oportunidades que brindaban la excusa justa para zafar del yugo diario y disfrutar del ocio transgresor que es el que más satisfacciones brinda. Daniel trabajaba en una oficina pública a diez cuadras de su domicilio. Las hacía a pie todos los días junto a Eva, su esposa, que lo acompañaba hasta dos cuadras antes. Allí se separaban y ella se dirigía a su traba...

Una piña soñada

Generalmente no recuerdo nada de lo que sueño. Solo algunas sensaciones e imágenes difusas que se me borran un par de minutos después de haberme despertado, pero que alcanzan a probarme que invariablemente sueño todas las noches. Me vienen a la memoria solo unos pocos en toda mi vida y la percepción de la existencia de algunos efectos especiales que se ponen en marcha en ellos; como por ejemplo que uno quiere correr por alguna causa, generalmente huyendo, y las piernas estan pesadas y no avanza ni un centimetro. O tira una trompada para defenderse de alguien y la mano parece de lana. Así varios más. Pero esa mañana recordé mi sueño. Estábamos en una especie de subsuelo donde reinaba la penumbra. No se quienes éramos. Afuera había mucha gente que protestaba, aparentemente enojada con nosotros. Alguien me dijo que saliera a calmar los ánimos, así que subí unos escalones que conducían a una gran abertura por donde entraba la luminosidad del día. Iba munido de una caja con helados p...

La puta parca

La puta parca está sentada como si nada limpiándose sus sucias uñas con la guadaña, escudriñándome, sobrándome. No me jode; anduve mucho con ella a mi lado. Algún día nos veremos cara a cara. Lo que me jode es que joda a otros, a los cercanos, a los dueños de mis afectos. Más me jode cuando la guacha busca carne fresca. Hace unas horas que siento que me aprieta una morsa de toneladas por el pecho y por la espalda. Duele la puta madre. Me asfixia. Mis sesos se hacen puré. No es justo. ¿Pero que sabe esta negra y voraz señora de justicia ? Tampoco la vida es justa ¿porque habria de serlo la muerte? Se que voy inexorablemente hacia ella; pero conmigo se va a cagar; antes de partir del todo resucitaré tres veces. A.Hernández 7/9/10

SABOR A DURAZNO

I Iba lentamente, como si cada pisada buscara un lugar seguro, demorando la llegada a destino. Eran las diez de la mañana, de un día soleado de mediados de enero de 1978 y hacía dos años que no estaba en Mar del Plata. “La Feliz” regalaba a los miles de turistas, que como todos los veranos la colmaban, otro día espectacular. En pocas horas atestarían sus playas disputando un cachito de arena y de agua salada, techándolas con infinidad de sombrillas multicolores. En el aire tibio se esparcerían mixturas de olores de aceites, bronceadores y cremas protectoras y el particular aroma de las comidas de los innumerables barcitos de la costa. No faltarían los vendedores de café, de barquillos, barriletes, helados, bebidas frescas y panchos gritando sus productos y caminando trabajosamente en la arena. Pero a esa hora había, silencio y placidez. El aire fresco y salado del mar me golpeaba la cara y llenaba mis pulmones, cada vez más, a medida que me acercaba por la calle Bolívar hasta casi l...

Un tipo solidario de saco y corbata.-

El tipo vestido de saco y corbata venía caminando pensativo. Eran alrededor de las tres de la tarde de unos de esos días sofocantes de Córdoba. Se lo notaba cansado después de una jornada de oficina o de trajinar la calle y apuraba el paso, tal vez para calmar los reclamos de su estómago o tumbarse cómodamente a dormir la siesta. Por esa razón casi no vio al hombre de aspecto humilde que estaba sentado en el piso contra la pared. Tampoco oyó cuando le dijo suplicante: <¿me puede ayudar?> -¡¡¡Me puede ayudar!!!- repitió alzando la voz el hombre desde el suelo. El tipo de saco y corbata recién lo notó y le extendió la mano derecha casi automáticamente para levantarlo. Lo asió fuertemente de la muñeca pero no pudo. No comprendía como aquel raquítico hombre podía estar tan pesado. Se agachó entonces colocando su otro brazo bajo su axila derecha y tiró con todas sus fuerzas. El hombre no atinaba a afirmar sus pies, pero sus manos se aferraron a su cuello y su corbata, ahogándolo. Pa...

Amor a la carta

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Él estaba loco por ella y la persiguió hasta que logró arrancarle una cita. Él también le gustó a ella y salieron juntos varias veces sin que hubiera entre ellos más que un beso en la mejilla o el llevarse del brazo. Ella formal y conservadora se tomaba su tiempo, no toleraba que él fuera separado y se lo dijo varias veces: " mi familia no lo consentirá " . El final anunciado de esa relación llegó con esta carta: "Carta a un ex futuro amor" "Querida G.....: Anoche sentí un inmenso alivio. Sentí el placer de una profunda calma que me fue invadiendo, al mismo ritmo con que iba madurando mi decisión. Anoche decidí renunciar a tu futuro amor; elegí el camino que me separa de tus posibles besos, de tus caricias inexistentes, de tu afecto no conquistado…. Ya nada volverá a ser como antes entre nosotros dos… No nos besaremos entre las sombras cómplices del Paseo, como nunca antes lo hicimos; no entrelazaremos las manos caminando en el parque o La Cañada, como aqu...

PENELOPE

Colaboraciones Por I.B. Sus abuelos se habían conocido en un pueblito de Génova cuando apenas tenían seis o siete años, pero el amor nació en el barrio de Barracas, en la ciudad de Buenos Aires, veinte años después. Siempre contaban a sus nietas la historia de sus juegos de niños en el "torrente". Fue un amor casi perfecto, o por lo menos eso había quedado grabado en su memoria. La historia de sus padres fue más increíble aún, casi me atrevería a decir que fue sacada de la mejor comedia romántica de Hollywood. Y fueron felices para siempre. ¿Por qué, en cambio, su historia tenía que ser tan común? Noviazgo, matrimonio, hijos, divorcio, soledad... ¿Dónde esta la magia? ¿Y ese amor que vence a la muerte? ¿Y ese hombre que solo ve a través de sus ojos? No es real... sólo está en sus sueños... y cuanto más lo espera más sola se queda...Me atrevo a decir que espera lo que nunca llegará. Que no ve. Que no escucha. Que no siente...Me atrevo a decir que nunc...