lunes, octubre 03, 2022

 INCHE KAI CHE, la contraofensiva Mapuche contra el imperio español

 


El día miércoles 5 de octubre a las 18 hs. Alberto Hernández y Javier Villanueva presentan Inche Kai Che en la sala del SUOEM, 9 de Julio 642 de la ciudad de Córdoba. Acompañarán a los autores- Villanueva lo hará desde Sao Pablo por video conferencia- Manolo Lafuente y Tere Saravia del Instituto de Cultura Aborigen. Musicalizarán temas alusivos Silvia Monserrat y Hugo Ortiz. La presentación es parte de la “Feria del Libro de las trabajadoras y trabajadores” organizada por el SUOEM en el marco de la lucha que está llevando el gremio en defensa del salario, la estabilidad laboral y la recuperación de funciones.

Inche Kai Che, grito de guerra Mapuche, representa la voluntad reprimida de centenas de pueblos que, desde 1492, combaten por su autonomía y por el respeto a su cosmovisión. La idea de asestar un golpe en el corazón del imperio español, esto es en el mismísimo Madrid, no es original. Ya la habían anticipado otros autores con otros pueblos y el propio Alonso de Ercilla en la primera novela americana, La Araucana, la había puesto en boca de los jefes Mapuche.

En este caso, el pueblo mapuche es el protagonista de esa gesta porque es el único pueblo que no pudo ser derrotado por los conquistadores y mantuvieron su espacio al sur del Bío Bío.

Es una ficción histórica que puede ser también catalogada como una novela de aventuras, en la que no falta acción, romances y pizcas de humor, pero intenta tratar con respeto y apego a las circunstancias históricas las características culturales y creencias del pueblo Mapuche y de los demás pueblos que participan de esta cruzada liberadora.

Se trata de una utopía que sigue viva en cada lucha social, sindical y política en toda América y que la resistencia actual de la nación Mapuche, en la Patagonia chilena y argentina, y el nuevo aire fresco que sopla al oeste de los Andes, tal vez ayuden a hacer de esta imaginaria aventura, la representación real del anhelo de una nueva humanidad, más justa y solidaria.

Javier Villanueva, argentino vive en São Paulo desde 1979; es editor, librero, traductor, profesor de idiomas y autor de obras didácticas y de dos colecciones de cuentos. Recoge memorias propias y de las luchas sociales, en el marco de la ficción histórica. Ha publicado entre otros Muerte a la deriva. (Coautor Samuel Rodríguez. Alción Editora. Córdoba 2021); El Citroën naranja y otros cuentos (Dunken. Bs.Aires 2013); una colección de 12 libros de cuentos (Companhia Editora Nacional. São Paulo 2006 y 2012), entre los que se cuentan Tomaron la casa, Los primos de Cuba, Aventuras en Yucatán y Correrías en México DF. Difunde cuentos, crónicas y ficción histórica en su blog Javier Vilanueva Literatura http://javiervillanuevahistoria.blogspot.com/

Alberto Hernández nació en Córdoba en 1951. Vivió en Mar del Plata, radicándose en Córdoba en 1969. Tuvo en breve paso por el periodismo en el desaparecido Tiempo de Córdoba para luego ingresar a la Municipalidad de Córdoba en el área de Publicaciones donde alternó la tarea periodistica con la corrección de pruebas. Canaliza desde hace una década su labor periodistica y literaria a través de los blogs Utopicon www.eledil-utopicon.blogspot.com y Campaneando www.albertointendente2011.wordpress.com . Ha colaborado con articulos de opinion en diversos medios de Córdoba y actualmente con La Idea, centenario medio gráfico de Cruz del Eje, Córdoba y el portal ENREDACCION. Publicó El viaje y otros relatos setentistas (Ed. Tinta Libre, Córdoba, 2014) y Un gremio imbatible (Ed. Tinta LIbre, Córdoba 2018)



lunes, septiembre 28, 2020

Para quedarse en casa

En este libro reúno algunos de los textos publicados en este blog a los que le he añadido ilustraciones mías, No tiene otra pretensión que entretener al lector de la misma manera conque me entretuve yo al escribirlos y luego seleccionarlos e ilustrarlos. Está en formato PDF para que lo puedan descargar y leer en la compu, en el Kindle o en el celular. Es de distribución gratuita y si les parece se puede compartir.

Espero que lo disfruten

Alberto Hernández

miércoles, agosto 26, 2020

Fuga en el infierno del Guaviare

¡Ahora sí podemos ser compadres! Exclamé a modo de burla cuando vimos sollozante y demacrado a este explotador y asesino que a regañadientes pagaba los salarios que nos debía de varios meses. Sentimos una gran satisfacción por el alivio a nuestros flacos bolsillo y muy agradecidos con la guerrilla por haber escuchado nuestra denuncia y procedido contra estos mal nacidos. La guerrilla en Colombia era, por esos años, el Estado en muchas regiones del país...pero mejor voy a contar la historia desde el principio.
Nací en Gachalá, en un humilde rancho de la vereda de Murca, cuando todavía el río Guavio no había aplacado su ímpetu contra el muro de cemento de la represa  y fui el cuarto de nueve hermanos. Mi cucho, con su oficio de hachero y mi madre con sus arepas y tamales, trataban de sostener esa familia numerosa. De ella aprendí el arte de sobrevivir en la escasez.
Cuando cumplí los doce años seguí los pasos de mis hermanos mayores y me embarqué en la aventura de vivir; o mejor, de sobrevivir, aunque no me quejo; tuve momentos malos y otros en los que no me faltaron plata, fiestas y amores. Tuve oficios varios: hachero, domador, esmeraldero, peón rural para diversas labores, fui dependiente de una ferretería y hasta mecánico que para eso me daba maña; también me enredé en algunos negocios turbios que no voy a mencionar porque ya están perdonados -o eso creo -por el divino . 
Inicié mis ansias de recorrer caminos siendo un culicagao que apenas sabía manejar el hacha y en busca de oportunidades rumbié para Medina a casa de unos parientes medio lejanos que en su pequeña finca me emplearon para la  cosecha de yuca, por casa, comida y unas monedas.   Estuve  ahí un par de años y me fui con poco dinero en el bolsillo buscando mejor suerte en dirección a los llanos. Así llegué, después de deambular casi diez años por varios poblados y veredas camellando por poca plata, a un obraje, el más grande de la región del Guaviare. Allí me amañé y me hubiera quedado para siempre si no hubiera sucedido aquel hecho desafortunado.  Estaba bien considerado y por mi pericia y rendimiento cobré fama de ser uno de los más berracos con el hacha y la motosierra. Ganaba bien y no me demoraban la paga. Los fines de semana era cruzarse de recocha a San José a beber licor, a rumbiar o visitar a alguna querida. Yo no era un tipo que se pueda decir lindo, pero a esa edad tenía mi porte, ni alto ni bajo, pero sí fornido y una simpatía a prueba de balas. Con esos atributos, que supe aprovechar, nunca me faltó una pierna para pasar noches bien chéveres, arrunchadito y mimado. Por esos días me había enredado con una pelada que me me tenía tragado y por eso  de lunes a viernes agachaba la cabeza y con trabajo duro aceleraba el tiempo para volver a verla el siguiente fin de semana.
Ya llevaba más de cinco años en la maderera, cuando ingresó a trabajar un cucuteño que  al poco tiempo y ya integrado a la rutina de cruzar el río los fines de semana, empezó a gallinear a mi jeva.  Fue una noche de sábado que nos cruzamos medio jinchos los dos, peinilla en mano y con el pecho ardiendo por la bronca y el aguardiente.  Nunca busqué pendencia pero tampoco nadie me llevó por delante. Fue rápido,  sin darle papaya le tiré el poncho a la cara y lo ensarté hasta el puño debajo de la tetilla izquierda. Alcanzó a decir ¡juemadre!, se desplomó vomitando sangre y espuma por la boca y quedó tendido en el barro.  En un par de segundos, con los ojos inyectados en sangre y alcohol, con las sienes latiendo apresuradamente, me di a la fuga en medio de los chillidos de las mujeres y los empujones de los parceros que me  alertaban por la pronta llegada de los tombos.
La noche era cerrada y el río una serpiente oscura que ondulaba furiosamente amenazando tragarnos. La canoa que me facilitaron algunos amigos leales era pequeña pero resistente y con ella me largué rio abajo. En ese instante las cartas de la baraja que hacía unos años me favorecían, ahora me auguraban desgracias.
Navegué toda la noche llevado por la corriente medio adormilado por el guayabo y el cansancio. Al mediodía siguiente llegué  a un caserío que llamaban La Niña Santa, La Santa o algo así. Allí me alojó una familia que, sin hacerme preguntas, me fue dando razón de qué se podía hacer para ganarme la vida y ponerme a salvo de los fantasmas de mi pasado. Más allá reinaban las explotaciones madereras, que tiempo atrás habían sido caucheras, que a sangre y fuego y por pagas miserables hacían doblar el lomo a indígenas, fugitivos, y campesinos sin otro destino que vivir y morir a orillas del Guaviare.
-Como a no más de un día en la Isla La Sal- me dijo don Salustio, mi anfitrión- hay un tal Romero que ofrece buena paga, pero tiene mala fama. Susurran los demonios de la selva que nadie llega a cobrar y tampoco se los vuelve a ver. Y el río trae por las noches sus quejidos y lamentos. Si usted se anima...
Lo medité esa noche. Le di vueltas al asunto y viendo que no podía esperar más que miseria de otra forma y tenía que poner distancia a mis espaldas, me decidí a correr el riesgo y puse a mi canoa de nuevo en la correntada.  La vegetación de las orillas se hacía cada vez más espesa anunciando la irrupción de la selva amazónica. Al fin habiendo navegado lo dicho, llegué a una especie de precario muelle sobre la costa norte de la isla; detrás se podía ver una cabaña que respondía a la descripción que me habían dado. Sobre la orilla y escudriñándome, dos hombre armados. Fui arrimando lentamente mi canoa al muelle, con los músculos en tensión y sin dejar de sacar la vista de encima a los sujetos.
-¡Qué busca parcero! me gritaron antes de que bajara a amarrar mi embarcación.
-Me dijeron que podía tener trabajo acá- contesté levantando la voz
-¿Quien le dijo?
-Me dijeron en La Niña...La Niña...
- ...Santa...Le advierto que el trabajo es duro y la gente no aguanta mucho.
-Pues he camellado mucho en diversos oficios y no me asusta el trabajo.
-Hágale, lo llevaremos con el patrón. Él decide.
Empezamos a caminar por un sendero abierto entre la espesura de la selva guiado por un hombre de aspecto patibulario que emergió de la rústica construcción.  Luego de unos minutos de caminata, llegamos a un portón de dos hojas de unos cuatro metros de altura por el doble de ancho, que permitía el acceso a una fortaleza cerrada por una gruesa cerca metálica de la misma altura coronada por rollos de alambre de púas.
A unos cien metros del ingreso se encontraba una cabaña construida con guaduas y techo de palma, rodeada por una estrecha galería. Traspusimos la puerta de acceso a una especie de oficina donde había una mesa que oficiaba de escritorio donde se podía ver un desorden de  papeles, un par de tazas y restos de comida. Sentado detrás, un personaje obeso, con barba de varios días, de espeso bigote y  labios gruesos que dejaban ver una dentadura despareja donde brillaba un diente de oro. Sus ojos vidriosos que apenas se asomaban debajo del sombrero y entre una madeja de pelos negros y duros, se descargaron sobre mi humanidad, recorriéndome de arriba a abajo. Más parecía un gamín chandoso que el dueño de una empresa. Detrás de él dos hombres que portaban armas largas, oficiaban de custodios.
Hecha las presentaciones, no sin antes haberme rechazado despectivamente la mano que le tendí a modo de saludo y acordadas las condiciones de trabajo y el salario, me acompañó mi ladero hasta una cabaña un poco más grande que oficiaba de albergue para el personal. En el lugar, que tenía una pequeña ventana por donde entraba un poco de luz había dos hileras de chinchorros de fique, al fondo un pequeño baño y  cerca de la entrada una estufa a leña, una pileta y una destartalada mesa. Allí ocho hombres de aspecto rudo y caras de  pocos amigos me saludaron desganadamente. Me asignaron un chinchorro y un casillero metálico donde dejé mis pocas cosas indicándome que descansara, que al día siguiente empezaría la faena bien temprano.
Cuando quedamos solos, nos presentamos; me anoticiaron rápidamente sobre las características del trabajo y me hicieron participar de un suculento sancocho de pescado y un guarapo de sobremesa. Engullí casi sin respirar esa comida que venía a saciar en parte la hambruna que traía atrasada y me desplomé en la hamaca que me tocó en suerte.
El día amaneció con sol y sin amenaza de lluvia, fenómeno raro ya que casi permanentemente el cielo descargaba torrentes de agua sobre esa selva espesa donde el calor, la humedad y los zancudos formaban una micro atmósfera sobre nuestros cuerpos a menudo insoportable. Después de desayunar una changua con arepas y una buena taza de tinto, salimos provistos de hachas y motosierras hacia un claro en la selva, donde se podían observar voluminosos troncos diseminados por todas partes. La finca tenía algunas reses y cultivos de frutales, hortalizas y legumbres de todo tipo para el consumo de la familia y el personal de la finca. Recién cobraríamos cuando se terminara el trabajo, tal el arreglo que teníamos todos.  Así es que andábamos sin un peso en el bolsillo, pero tampoco teníamos donde gastarlo. Para cigarrillos, aguardiente y algunas extras había una pequeña tienda mal abastecida que nos fiaba y que se cobraría al finalizar el contrato. Eso sí, comida no nos faltaba: frutas, verduras y carne teníamos a disposición, cosa que puedo certificar con los cuatro o cinco kilos de más que tuve al irme.
Así comenzaron a pasar los días, comer bien, trabajar  hasta que se iba la luz, y por la noche a mamar gallo y prenderse en algún juego  de cartas, dados o rana, donde apostábamos poca plata que era anotada en un cuaderno para saldar cuando cobráramos. Ocasionalmente nos desafiábamos al tejo en una cancha contigua a la cuadra, pero como estaba a la intemperie solo podíamos usarla cuando no llovía, cosa que era bastante raro.
Un día la ví. No era bella pero tenía un cuerpo elástico y bien formado y una mirada que me perforó cuando se cruzó con la mía;  le calculé unos veintitrés años, aunque una vida sufrida le puede haber agregado algunos más en el semblante. Así como apareció se fue, y se reunió con otras mujeres que se encontraban en la galería de una casona que estaba a cien metros de las oficinas principales de la finca. Oculta por gruesos y añosos árboles y fuera del trayecto que habitualmente hacíamos para ir a nuestras labores, no había reparado en ella hasta ese día que a la postre sería clave. Quedé prendado de esa  aparición y empecé a idear una forma de llegar hasta ella.
A la noche en la habitual tertulia con los demás trabajadores, mientras jugábamos a las cartas, indagué sobre lo que había visto. Me miraron con temor y con señas y monosílabos me indicaron que lo dejara pasar y que me olvidara de esa vaina. Nada dijeron. El misterio acicateó mi espíritu inquieto y me prometí averiguar todo sobre esa pelada. Así que desde ese día busqué con obsesión la oportunidad de volver a encontrarla.
Habrían pasado varias semanas sin que tuviera noticias de esa mujer, hasta que un día bajo una fuerte lluvia, nos encontramos de frente en mi ruta al obraje. Ya llevaba dos meses y medio en esa finca. Ella venía con una sombrilla tratando de guarecerse bajo las copas de los árboles más frondosos. Nos saludamos con un "hola, que más", "que tenga buen día", "que diosito me lo acompañe" y volvimos a cruzar esas miradas cargadas de deseos. Nos habríamos distanciado unos diez metros cuando me volví y le pregunté "¿como se llama su merced?" "Marta ¿y usted?" "Nelson, para servirla". Y seguimos viaje cada cual para lo suyo. Me fui con el corazón brincando en el pecho y una sonrisa de oreja a oreja.
Esta vez no pasaron tantos días para volver a verla, señal -pensé- que ella también me buscaba. El deseo nos empujó a los dos a la espesura donde dimos inicio a un amor prohibido y peligroso. Allí mismo me hizo jurar que nadie se enteraría porque su padre nos haría matar. Me anotició que ella, su madre y seis hermanitas menores vivían solas, prisioneras de su padre que era un ser violento y alcohólico que ni vivía con ellas; comía y dormía junto a sus sicarios. Ni siquiera había permitido que salieran a estudiar, y si sabían leer y escribir es porque su santa madre había procurado enseñarle lo poco que ella había aprendido; que no han conocido amigos, ni otra cosa que no sea esa casa prisión ni otros hombres que esas bestias que cada tanto venían a proveerles de víveres y demás cosas para cubrir sus necesidades.  Me informó que esa cerca que había observado al llegar, rodeaba toda la finca y por lo que sabía, nadie de los que habían venido a trabajar había podido salir. Nunca hicimos preguntas pero muchas noches hemos sentido movimientos raros, ruidos extraños, murmuraciones y disparos y al día siguiente faltaban trabajadores a los que nunca más volvimos a ver. Estas revelaciones me hicieron acordar sobre las advertencias de don Salustio y un frío helado me corrió por el espinazo. Hasta allí no habíamos cobrado un peso; cuando termine el trabajo había dicho Romero, y no nos habíamos preocupado porque comíamos bien y nadie nos molestaba. Pensé, recordando aquel cuento infantil, que nos estaban engordando para meternos en el horno.
Esa noche conversé el tema con el Ruflo, un morocho samario, que había hecho buenas migas conmigo y que llevaba ahí casi un año y era el de mayor antigüedad en la finca. Era un berraco para trabajar y tenía -como casi todos los que allí nos juntamos- algún secreto que guardar. Me escuchó casi en silencio y cuando finalicé me dijo que algo le habían contado pero que pensó que era puro chisme. Aunque hacía tiempo que estaba pensando en el tema y mascullando sobre la salida y el cobro de los salarios, porque ya se estaba terminando el trabajo. Va pa' esa - me dijo- y desde esa noche empezamos a idear cómo salir de ahí.
De a poco fuimos conversando con todos, después de asegurarnos de no tener un sapo en el grupo y empezamos a estudiar el terreno; el movimiento de los sicarios; como sortear la cerca y cruzar el río. Mientras preparábamos el plan íbamos bajando la producción para estirar el tiempo y aceitar los preparativos para la fuga.
Durante todo ese tiempo mis encuentros furtivos con Marta se hicieron una rutina y un día la puse al tanto de nuestro plan. Ella nos pidió que la lleváramos junto  a su madre y hermanas y que sabía como cruzar el río. En la otra orilla, por el lado sur, vivía la familia de un tío, con el que su padre -medio hermano- había roto relación. La conexión con sus parientes la hacían a través de un lanchero de confianza que cada tanto transportaba ganado de y para la finca, que oficiaba de mensajero. En ese lanchón entraríamos con facilidad las diecisiete personas que debíamos fugarnos de esa cárcel.
El día llegó. Fue cuando el capataz nos informó que quedaban un par de jornadas de trabajo y por lo tanto ya nos avisarían cuándo debíamos pasar a cobrar la liquidación de los seis meses trabajados; que preparáramos todo para  abandonar la finca. Marta se comunicó con el lanchero y envió un mensaje a su tío: en la noche siguiente estaríamos allá, que prepare todo para recibirnos. Esa noche ajustamos los detalles. Armamos las mochilas, verificamos que no faltaran linternas y un poderoso alicate para cortar el grueso cerco de alambre. Ese último día realizamos nuestras labores apurando las horas para que llegue el momento de la operación. Cuando retornamos a la cuadra, nos aseamos y esperamos en tensión la oportunidad de salir. Como lo habíamos cuadrado, cuando ya era noche cerrada, la lluvia que empezó a caer torrencialmente vino a darnos una ayuda inesperada, porque  el golpeteo furioso del agua contra las tejas de zinc  tapó los ruidos que hicimos al escabullirnos por el ventanuco de atrás, impidiendo que los sicarios que custodiaban la entrada, nos oyeran. Por otra parte, cubiertos por gruesas capas y refugiados bajo techo con poco interés en salir a mojarse para hacer su ronda, tampoco pudieron vernos.
Después de caminar una media hora llegamos hasta la cerca donde nos esperaban Marta y su familia. Rápidamente nos pusimos en la tarea de cortar los alambres, cosa que nos demandó un buen esfuerzo y salimos para introducirnos en la selva rumbo al río. Marta nos guiaba y allá íbamos, empapados, en silencio en medio de una negrura que las linternas apenas podían perforar. El ruido de la lluvia sobre las hojas, el estruendo de algunos truenos, el zis zas de las peinillas desmalezando el camino, el chapoteo de las botas en el barro y las sombras que se meneaban a nuestro derredor, completaban un cuadro estremecedor que atemorizaba y alimentaba las supersticiones de algunos que masticaban rezos y blasfemias.
Después de una hora llegamos a la orilla. En un recodo de ese brazo del río, vimos el perfil sombrío del lanchón y un hombre que nos hacía señas para que embarcáramos. Lentamente fuimos subiendo uno a uno, cargando a las chinas más pequeñas. Finalmente acomodados en el lanchón, emprendimos viaje hacia la libertad. Atrás nuestro, solo se oía, como una cascada, el ruido de la lluvia.
El cruce fue breve y en contados minutos estábamos siendo recibidos por el hermanastro del bastardo, quien después de abrazar afectuosamente a su cuñada y sobrinas, nos saludó efusivamente indicándonos el camino a su casa. Ésta era sencilla pero espaciosa y tenía la calidez de un hogar familiar. Su esposa e hijos nos atendieron amorosamente y después de asearnos y cambiar nuestras ropas mojadas, nos sirvieron una rica sopa de patacones, mientras relatábamos los pormenores de nuestra fuga. Cada tanto nos interrumpían con algún improperio hacia el pariente y traían a colación las mil y una maldades que se le adjudicaban, entre ellas la desaparición de sus trabajadores, algunos de los cuales fueron vistos flotando en las turbias aguas del Guaviare.
Al día siguiente, después de un reparador descanso en las hamacas que nos habían colgado en un galpón que hacía las veces de granero, taller y establo, donde compartimos nuestro sueño con los mugidos de un par de vacas bastante discretas, y luego de un suculento caldo de costillas con arepas y café, le manifesté a nuestro anfitrión la preocupación por cobrar nuestra paga ya que no teníamos un peso en el bolsillo. Don Silvano, que así se llamaba el tío de Marta nos dijo que nos contentáramos por haber salvado la vida y que el cobro de los haberes era cosa difícil. Que podríamos hacer la denuncia en San José, pero es dudoso que alguien se quiera meter con semejante mafioso. Por estas tierras las armas son la ley y tal vez la guerrilla pudiera hacer algo.
Por esos años el M19 controlaba esos territorios. Pues a ellos habrá que recurrir me dije. Sabedores de que en la zona de El Retorno había un campamento guerrillero, emprendimos, el Ruflo y yo,  la marcha en canoa hasta un puesto de mulas en las inmediaciones de San José y luego de allí en las bestias desandamos los treinta kilómetros hasta el pueblo.  No fue difícil anoticiarnos sobre el sitio donde estaba el jefe del grupo guerrillero, ya que sus miembros circulaban abiertamente por las inmediaciones y fue el mismo alcalde quien nos presentó a quien nos llevaría a él. Le informamos sumariamente de que se trataba y acordamos un día para la cita.
Ese día con los contactos empezamos a adentrarnos en la selva y en un punto llegamos a un retén donde había tres pelados con uniforme militar armados con fusiles. Allí nos encapucharon y seguimos caminando por una hora aproximadamente hasta que llegamos a un campamento a eso del mediodía. Cuando nos sacaron las capuchas pudimos ver tiendas de campaña; cabañas de guaduas y palmas; hamacas colgadas por todas partes, cocinas, fogones con cazuelas humeantes que nos abrieron el apetito y varios hombres y mujeres que circulaban haciendo tareas diversas. Nos llevaron ante el jefe, comandante "Equis" -así nos lo presentaron- un tipo alto y delgado, con una larga pelambre negra que caía como cascada sobre las orejas desde una cachucha verde oliva, de barba candado del mismo color, tez aceitunada y curtida, nariz aguileña, cejas negras y espesas que echaban sombra sobre unos ojos curiosamente claros y de mirada inquisidora; parecía tener entre treinta y cinco y cuarenta años. Nos saludó con un apretón de manos y amablemente nos ofreció asiento en unas banquetas de madera de guayabo forradas con pieles.
-¿Qué más compañeros, que se les ofrece?-nos dijo Equis después de hacer que nos sirvieran una buena taza de café- Ya algo me dijeron sobre el problema de ustedes, pero por favor denme detalles sobre esa vaina.
Así lo hicimos, dándole datos sobre la cantidad de hombres, de sus movimientos y precisa ubicación de la finca del tal Romero. También de la casa del pariente donde nos alojábamos, donde prometió que en pocos días se nos pagaría lo que se nos debía. Terminada la reunión nos hizo servir un suculento almuerzo para luego devolvernos por donde habíamos venido. Al día siguiente estábamos regresando a la casa. Ya más tranquilos, le dije al Ruflo que informara a los compañeros; yo tenía un asunto que atender con la mayor de las hermanas.
Habrían pasado dos días cuando vimos llegar a Equis con cuatro hombres trayendo a los empujones al crápula de nuestro ex patrón que venía con el terror pintado en la cara. Uno a uno nos fue pagando la deuda hasta el último peso, dejó una suma importante para su familia y sin despedirse de su esposa e hijas que no lo quisieron ver porque aun le temían, así como vino se lo llevaron. Agradecimos al jefe y cuando indagué, por pura curiosidad, sobre lo que sería de la suerte de estos malnacidos, apretó los labios y me miró con ojos que echaban fuego. No faltó más para entender.
La semana siguiente se nos pasó entre celebraciones y despedidas. De a poco se fueron yendo cada cual al encuentro con su destino. Con el Ruflo montamos de nuevo una canoa que nos facilitaron, otra vez río arriba. Había arreglado las cosas con Marta prometiendo que cuando consiguiera un trabajo estable iba a volver por ella y emprendimos viaje  para San José de donde me había llegado la noticia de que el hombre de la trifulca y por el que había huído, no había colgado los guayos. 
Con el tiempo nos enteramos que el M19 había hecho justicia con Romero y sus sicarios, que en el lugar habían encontrado más de un centenar y medio de cédulas, fotos y otros efectos personales, y que la finca había quedado en manos de Marta y sus hermanas, quienes la habían convertido en una explotación ganadera y agrícola floreciente.
Con el cucuteño, que resultó ser un buen compadre, anduvimos juntos un buen tiempo y nos juramentamos volver a aquélla isla. Pero como dice el refrán, que el hombre propone, la mujer dispone pero el diablo sopla, no cumplimos nunca.

Alberto Hernández



jueves, abril 16, 2020

Y la peste yira yira


Hace unos años no hubiera imaginado que mi humanidad fuera a dar a Colombia y mucho menos a las montañas que rodean la represa del Guavio. Pero los vericuetos del destino y mis hábitos trashumantes, me llevaron junto a mi esposa a adquirir una pequeña finca en una vereda del municipio de Gachalá rodeada de bosques de pinos, eucaliptos, guayabos, plátanos, limoneros, lulos, cafetos, guaduas y otras especies de exuberante verdura tropical. La amplia galería de la casa, nos permite gozar de atardeceres de ensueño cuando el sol cae lentamente detrás de los cerros, o momentos fantasmagóricos provocados por los espesos vapores de agua que suben de la represa y se posan sobre las laderas. Por las noches despejadas, las infinitas estrellas; la luna al alcance de la mano; Venus como un farol que brilla como nunca lo había visto; Orión- única constelación que conozco- y sus Tres Marías que apuntan a una estrella a la que puse el nombre de un viejo amor, esparcen sobre el campo un resplandor  que hipnotiza. También los momentos de lluvia torrencial, que hacen retroceder la temperatura y repican estruendosamente sobre los techos de chapa, se disfrutan sabiéndonos al amparo de una más que aceptable construcción. Y casi siempre después de la lluvia o despejando la impenetrable neblina matinal, viene el sol, radiante, quemante, con su carga de vida.
Yo, un tipo urbano por excelencia disfruto como nunca me lo hubiera imaginado. Me siento en un paraíso y nada extraño de las ciudades tumultuosas, de ritmo agitado, de pulso rápido. Extraño sí los afectos argentos, la familia, los amigos, los compañeros, las reuniones, los asados, las mateadas, el buen vino y el dulce de leche. No obstante en estos tiempos de peste, esas juntadas están vedadas y da igual estar allá o acá. Los encuentros son todos virtuales y tal vez lo sean por mucho tiempo. Por lo demás ya uno se ha amañado y esas cosas ( esas vainas dicen por estos lares) como comida y bebida, han sido reemplazadas por la diversa y sabrosa gastronomía colombiana. Los abundantes desayunos con un energizante caldo de costilla, arepas y café, o una changua o huevos perico. Ensaladas de las variadas y exquisitas frutas que abundan a modo de tente en pie o de onces como le llaman aquí, tal vez por la hora, aunque también hay onces a la tarde en lo que sería la merienda. Esos almuerzos donde el infaltable arroz , va acompañado de frijoles, cerdo o pollo, con verduras, yuca, plátano frito o patacones y aguacate. Un buen ajiaco, un cuchuco, un sudado o las distintas variantes regionales de sancocho, algo así como el puchero argentino pero más caldudo, llenan el estómago y el espíritu. Así mismo la bandeja paisa, el cocido boyacense y un buen plato de chigüiro con guacamole y ají, son para el disfrute. Ni hablar de hacerse un alto en la calle para degustar una empanada, un chicharrón con un vasito de fresco masato, un mango biche o chontaduros con miel y sal. He podido reemplazar sin tanto sacrificio el asado de carne de vaca a la parrilla que acá es difícil de hacerlo a la argentina por dos motivos: la calidad de la carne y la leña o carbón que hay que estar apantallando casi permanentemente para que levanten temperatura. A lo sumo algún costillar de cerdo hecho a la cruz me han dado alguna satisfacción y milanesas que guardo celosamente en el congelador para que duren. El buen vino argentino se consigue pero a precios no muy amables por lo que opté por un vinito chileno pasable y a un precio razonable y el dulce de leche, que aquí es arequipe, no me deja a pata. El problema es la yerba. Hay pocos lugares donde se puede conseguir y no hay variedad. Entre la colectividad de argentinos se pasan los datos y más de uno que viaja trae y la ofrece sacando su buena tajada. Yo consigo Taragüi de medio en una esquina de importados, en carrera octava y doce. Eso me salva, porque si bien me he ido acostumbrando a los desayunos locales, no puedo empezar mi día sin mate amargo. Es un ritual que me pone en movimiento, me impulsa a actuar; mientras hago sonar la bombilla, leo las noticias, los mensajes, pienso, planifico. Si no tomo mate por la mañana mi día arranca cruzado, muy cruzado.
Hasta aquí todo bien, mientras estuvimos en Bogotá. Y venía más o menos bien antes de que nos atropellara la peste. Cuando nos mudamos a la finca, ya se hizo más difícil tener vino y dulce de leche al alcance de la mano, así que reemplacé el vino por guarapo y transformé mi casa en una destilería. También aprendí a hacer dulce de leche y me sale bastante bien. Lo único que no se puede reemplazar con nada es la yerba y ahora que estamos aislados y no se puede viajar a la capital, estoy jodido, En el pueblo creen que la yerba es droga y si insistimos en la búsqueda por poco no nos sospechan de narcos. Veníamos bien con la cuarentena, porque estábamos resolviendo el problema del abastecimiento. Leche, queso, huevos, carne de cerdo, algunas verduras, tenemos al alcance de la mano. Yerba no. El aislamiento en la finca no pesa. Tenemos dos hectáreas para recorrer, montañas, vegetación variada, innumerable cantidad de pájaros, vacas que mugen, gallinas que cacarean, abundantes y entretenidas tareas rurales y vecinos que vemos con la misma regularidad de antes, claro que manteniendo ahora la distancia correspondiente. Nuestra vida no ha cambiado mucho. La pandemia era para mi una contabilidad de contagiados, recuperados y muertos, que me proporcionaban los medios y las redes sociales, era la experiencia de mis familiares y amigos que me contaban sus angustias proporcionadas por el encierro; era un problema de los otros hasta que constaté que solo me quedaba medio paquete de yerba. Por primera vez sentí en carne propia lo terrible de esta peste global. Me entré a desesperar porque ya no era posible ir a Bogotá a comprar la Taragüi de medio. Mi angustia comenzó a obnubilar mi sesera y aumentaba con cada sorbo que condenaba lenta pero inexorablemente a la extinción a mi escaso recurso matero.
Y cuando ya me había entregado, el tango vino en mi ayuda. ¿Por que será que con la pálida uno recurre al tango? O por lo menos a mí me pasa. Siempre hay un tango a mano para reflejar tu drama. Y yo encontré el mío. Discepolín me lo puso al alcance de la mano: che Mordisquito -sentí que me dijo- este gotán es para gambetear la mishiadura, porque a pesar de la peste el mundo yira y yira...Y se me hizo la luz con esos primeros versos: "cuando la suerte que es grela, fallando y fallando te largue parao, cuando estés bien en la vía, sin rumbo desesperao, cuando no tengas mas fe ni yerba de ayer secándose al sol….."
Ni yerba de ayer secándose al sol…-repetí casi mecánicamente. 
Desde hace unos días, con el marco imponente de las montañas, con la belleza de la vegetación, los pájaros que impregnan el aire con sus trinos y me dan aliento, en medio de los lirios silvestres, con el ánimo en reversa, estoy secando yerba usada al sol. Ya junté una buena cantidad como para tirar otro mes más. No tendrá el mismo gusto pero ningún virus me va a privar del mate amargo para empezar el día.

Alberto Hernández

jueves, mayo 09, 2019

El color de Roma


En Roma predomina el verde. El oscuro de los longilíneos pinos, o los icónicos y esbeltos piñoneros en forma de sombrilla. El verde claro pinta las copas de los plátanos que custodian el Tevere y la Viale di Trastevere entre otras avenidas, y otro verde más turbio  arrastra las aguas del río. Verde que te quiero verde es el de gli cornetti al pistacchio que sirven en el bar de la estación de trenes; riquísimos. También el del albero di prugna que está solo y espera en un balcón.
Pero hay otros colores. Los dorados o terrosos del Coliseo, el Castel Sant' Angelo, los foros, el Palatino y varios testimonios más de la colosal cultura del imperio. Los blancos marmóreos del Vaticano y las miles de esculturas que hoy lucen sin los colores que, dicen los expertos, tenían en épocas de los emperadores.
Aquellos colores imperiales están volviendo a ser patrimonio de la actual Roma y se pueden apreciar en la intervención sobre el Ara Pacis en honor de Augusto o la recuperada estatua de Prima Porta. Dicen los estudiosos que el púrpura y el escarlata denotaban la importancia y el poder de quienes los portaban en sus vestiduras o estandartes.
Claro que los colores son el resultado del reflejo de la luz sobre los objetos y tienen un componente subjetivo de quien los percibe. Ninguno ve los colores de la misma forma ni les presta el mismo interés, por eso Roma para otros, puede tener otros colores.
Como cuando nace una nieta esperada. Desde el catorce de abril de dos mil diecinueve, Roma es Violeta y Violeta es Roma.

Alberto Hernández



martes, febrero 19, 2019

París, Rayuela y tecnología

Pont des Arts. Oliveira encontraba allí a la Maga a veces inmóvil junto al pretil de hierro, inclinada sobre el agua del Sena. A la izquierda, al fondo, el Pont Neuf que cruza la isla donde se encuentra Notre Dame. (Foto mía, abril 2016)
A treinta y cinco años de su muerte, apareció misteriosamente sobre la ratona del living, un voluminoso tomo de Rayuela. No sé de quien sería, pero empecé a hojearlo y caí en la cuenta de que lo había leído un par de veces (tal como lo hubiera leído inconclusamente la Maga) pero no de acuerdo al genial tablero de comandos pergeñado por Cortázar (como seguramente lo hubiera hecho Morelli, aunque pensándolo bien, es más probable que hubiera desbaratado el tablero de comandos). Pero no lo abordé en ese libraco sino desde mi Kindle. Y tal parece que Julio lo hubiera concebido para una tecnología que sobrevendría (la novela fue publicada en 1963) cuarenta años después. Tablero de comandos: del capítulo 73, click al 1, click al 2, click al 116, click al 3. Kindle click, Kindle click, click, click, sin ajar las hojas, sin buscar afanosamente los capítulos ni las innumerables notas; click nota, click, sigo leyendo.
Pero a la maravilla del libro electrónico le incorporé, a esta lectura, el sorprendente Street View de Google Maps que  me permitió ver, palpitar, caminar y disfrutar los mismos sitios de París, que fueron escenarios de los amores, pasiones, lucubraciones, angustias y devaneos filosóficos de la Maga, Oliveira y los variopintos concurrentes al Club de la Serpiente. Una experiencia que me entusiasmó y que recomiendo.
Andar por la rue de Seine hasta el arco que da al Quai de Conti hasta llegar al Ponts des Arts siguiendo el rutinario trayecto de Oliveira para andar sin buscarse (y a veces encontrarse)  con la "silueta delgada" de la Maga, "...a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua" y ver esas calles, ese puente y sus escalones y sus barandas de hierro llevado por el Street View, girar el mapa y ver el Sena a ambos lados, imaginarnos que somos la Maga y Oliveira, encontrados casualmente y tomados de la cintura, no tiene precio...todo lo demás...ya se sabe.
El ghetto de Marais o el Boulevard de Sébastopol donde se perdía la Maga en esos desencuentros, el Parc Montsouris donde arrojaron el paragüas viejo y ya inútil que habían encontrado en la Place de la Concorde, el barcito de la rue des Lombards que frecuentaba Oliveira para que la adivina Léonie le leyera las manos y a tomarse un vino, se pueden recorrer por el sorprendente mapa como si estuviéramos ahí. Seguí por la rue des Verneuil , mirando a diestra y siniestra, leyendo los carteles y escudriñando las vidrieras de los locales pero no encontré la pequeña librería donde Lucía (la Maga) iba a calentarse con "la estufa de gran caño negro" y a jugar con un gato sin comprar un solo libro. Es natural, la novela está ambientada en los años cincuenta y tantos y esta maravilla del Street View habilitó para Europa, el recorrido a nivel de calle, en el 2008. Desde esa época muchas cosas cambiaron, pero caminando (imaginariamente pero no tanto) por esas calles de París, uno se siente protagonista de Rayuela y, tecnología mediante, potenciando el objetivo buscado y explícito de Cortázar de que el lector no sea un observador pasivo de esta "contranovela" que muchos caracterizan como una de las primeras expresiones surrealistas de la literatura argentina.
De no hacer ese rodeo para ir a tomarse ese vino, con la esperanza de encontrarse con la Maga, Oliveira hubiera cruzado el Sena, atravesando la isla donde se levanta Notre Dame (sin el jorobado), por el Pont Saint-Michel y el Pont au Change unidos por el Boulevard du Palais de anchas veredas y frondoso arbolado. También disfruté la búsqueda infructuosa del café de la rue du Cherche-Midi, y el de Cluny cerca de La Sorbonne (donde hacían que estudiaban). Ahí se conocieron.
Anduve por el Carrefour de L'Odeón (que yo sospechaba errónea y anacrónicamente que era un supermercado) y los acompañé en bicicleta hasta Montparnasse; la Porte d'Orleans y la zona de más allá del Boulevard Jourdan, "donde a veces se reunían los del Club de la Serpiente para hablar con un vidente ciego". En los años del relato, había allí baldíos  y basurales y, sentados sobre esos desperdicios, Lucía y Horacio fumaban, hablaban de "patafísica" y contemplaban el cielo "porque esa es una de las pocas zonas de París donde el cielo vale más que la tierra". Obviamente Google Maps nos revela que ya no hay más  basurales; está todo urbanizado. Propiedades horizontales, colegios,  polideportivos, residencias estudiantiles y clubes, han hecho que la tierra valga más que el cielo.
Tampoco me privé de seguirlo a Oliveira hasta el "...restaurant bacán ( de la rue Scribe) con montones de gerentes, putas de zorros plateados y matrimonios bien organizados" donde junto a Éttiene y Ronald, pintor uno y músico de jazz el otro, protagonizaron una escena deliciosamente felliniana, arrastrándose por debajo de las mesas de los sorprendidos y escandalizados comensales buscando un terrón de azúcar que se le había catapultado de su mano.
También hasta Rocamadour me fui volando por el mapa, para comprender por qué la Maga se había enamorado de ese pueblecito medieval. Descubrí que es imposible no hacerlo y que yo también voy a ir algún día. En fin, continué recorriendo a pie, mirando a cada lado, cada detalle, cada recoveco de ese París y sus alrededores junto a los inefables miembros del Club de la Serpiente, del que yo me sentí un socio más, compitiendo con Gregorovius y Oliveira por los amores de Lucía.
Hace un par de años estuve por esos lares y hoy descubro que anduve por casi todos esas calles, plazas y barrios que fueron los escenarios de la contranovela, sin percibir a la Maga, a Oliveira y los otros. Pero pronto volveré a París y me prometo recorrerla rayuelamente de punta a punta. Lo del Street View fue un precalentamiento.

Alberto Hernández

viernes, febrero 08, 2019

Ahora "Un gremio Imbatible" en formato de libro electrónico

Para los que están lejos, para los que no lo compraron porque los están caros, hoy sale a la venta "Un gremio Imbatible" en formato de libro electrónico a menos de la mitad de precio. Se puede adquirir en el sitio web de la editorial Tinta Libre:
Un gremio imbatible - Tapa-01Un gremio imbatible trata sobre los hechos y protagonistas que pusieron en marcha la reconstrucción del gremio de los municipales de la Ciudad de Córdoba, cuando la presente etapa democrática empezaba a despuntar.
El SUOEM conquistó para sus trabajadores casi todo lo que se propuso. En "Un gremio imbatible" hablan los protagonistas que, de distinta filiación política, desempolvan sus propios recuerdos y posicionamientos en aquellos tiempos.
Obviamente, también a Rubén Daniele, quien fue y es el alma mater de este SUOEM quien expone su testimonio, y su concepción de la construcción del poder que el líder sindical fue edificando en estas más de tres décadas al frente de la organización.
Y Julio Ataide hace una aporte necesario sobre el período previo a la intervención militar y en los capítulos siguientes se exponen los hechos, valores y concepciones que formaron parte de ese cóctel que dio nacimiento y permanencia a un gremio, hasta hoy, imbatible.
Como plus también hoy se pone a la venta en formato de libro electrónico mi anterior libro "El viaje y otros relatos setentistas" que se puede descargar de esta dirección: