La mafia del mate galleta

(Ficción inspirada en una historia real)    

 

Hay distintos tipos de mates. Están los porongos, las calabazas, forrados, grabados, elegantes con incrustaciones de oro y plata, chicos y grandes como los mates de velorio. También los poco criollos de plástico, caucho, vidrio o los impresentables con bombilla incluida. Pero hay uno, que por sus características es el más adecuado para el armado tradicional y ortodoxo. Por su forma redonda y chata es el más apto: el mate galleta. Tiene la forma ideal para colocar y presionar la yerba de un lado, ubicar la bombilla del otro, cebar por ese lado con el agua a no mas de 70-75 grados – cuando la pava empieza a chillar o las modernas eléctricas lo acusan - de manera de no quemar la yerba. De esa forma se gasta en forma pareja hasta que es necesario y posible por la forma del mate, cambiar la yerba y la bombilla de lado para sostener el gusto de la cebada.


En mi casa era común ver al viejo, echando la yerba por el modesto agujero hasta completar tres cuartos de mate, sacudirlo con la palma de la mano tapándolo de manera que saliera el polvillo y los palos fueran al fondo, para que la bombilla tuviera menos riesgos de taparse; hecho eso, con el dedo índice o el mayor, compactaba la yerba para un lado dejando el espacio para la bombilla. Con agua fría o tibia se servía el primero, que rigurosamente iba a parar a la pileta, para que la yerba fuera tomando temperatura de a poco y no se quemara. Se cebaba dejando caer el agua por la bombilla, así la yerba se iba gastando de a poco y el gusto se hacía parejo. Cuando ya mermaba el sabor era hora de pasar la yerba y la bombilla de lado. Para esos mates amargos insuperables, y esa técnica, el mate galleta era óptimo. Todavía lo veo al viejo, en las mañanas de invierno, sosteniendo ese mate galleta en los cuencos de sus dos manos, casi amorosamente, y sorbiendo con fruición ese preparado que permitía arrancar el día con todas las pilas.


Yo heredé y también mis hermanos esos rituales materos. También una buena colección de mates a los que agregué los que compré o me regalaron. Entre ellos había un mate galleta, viejo y rajado, que quedó de adorno y recuerdo de aquéllos días.


Lo cierto es que un día, un cuñado llegado de España a esta ciudad, vino con la idea fija de adquirir ese mate. No cualquier mate. Ése. Así fue que empezó la búsqueda por distintos comercios de productos autóctonos, por bazares, supermercados, ferias artesanales y cuanto lugar se le ocurrió que podía vender eso que buscaba. Se encontró con mates de todo tipo, con inscripciones del lugar para llevar de recuerdo, forrados de cuero, con estructuras de alambre para sostenerlos, pero galleta ni uno solo. Y no había explicación, porque la planta es la misma. Así que, acompañado de mi hermano, se puso a investigar. Porque si hay algo en lo que descolla mi cuñado es en su tenacidad y su persistencia inagotable para lograr lo que se propone. Iban de negocio en negocio, de aquí para allá. Por el centro de la ciudad, por los barrios. Preguntando a unos y otros. Y así sucedió.


Una tarde, después de varios días de búsqueda y ya casi desalentados, hicieron un alto en un bolichón de mala muerte de un barrio alejado del centro. El bar tenía cinco mesas de madera medio destartaladas, una de ellas ocupadas por una pareja y otra por un individuo de dudosa catadura. Al fondo y detrás de un viejo mostrador, un obeso despachante que, rápidamente y antes de que se acercaran, les preguntó con un vozarrón aguardentoso qué se iban a servir.

Instalados ya en una mesa y bebiendo un Cinzano – ya era hora del vermouth – con papitas y palitos, mi hermano y mi cuñado se lamentaban por no haber podido encontrar el deseado mate después de buscar por todos los rincones de la ciudad. Mientras conversaban, hicieron un paneo con la mirada por el rústico local preguntándose cuantos años tendría y como podría haber sobrevivido a las tantas crisis económicas de este país. Los pisos de ladrillo, las paredes amarillentas y descascaradas sobre las que colgaban algunos cuadros viejos de paisajes, equipos de futbol locales y alguna que otra virgen o santo. El mostrador era antiguo, pero se veía que había tenido su época de esplendor al igual que la estantería que se encontraba detrás, colmada de botellas de vino y licores. De pronto la mirada de los dos se detuvo abruptamente en un objeto que se encontraba escondido entre el botellerío. Sí, era un mate galleta que tenía un armazón metálico. Repuestos del primer momento de sorpresa y emoción, se levantaron como un resorte y fueron hasta el mostrador a preguntarle si se los vendía. El cantinero buscó en el estante como si no supiera que eso estaba allí, lo bajó y lo llevó para que lo vieran mientras les decía que estaba roto, que solo era de adorno, que se los hubiera regalado pero lamentablemente era un recuerdo de su padre y quería conservarlo. La pareja de buscadores le comentó al hombre que llevaban varios días tratando, sin suerte, de encontrar uno para llevarlo a España, que ya estaban al borde de abandonar la pesquisa desalentados y si no sabía donde se podía encontrar otro igual. El cantinero, con el mate en la mano, meneó la cabeza, alzó las cejas y subió los hombros en un claro gesto de que no tenía ni idea.

Mi hermano y mi cuñado pagaron la consumición y se dirigieron a la salida desalentados y decepcionados. Fue, en ese instante, cuando iban a transponer la puerta del local, que sintieron un chistido, que se repitió dos o tres veces mas. Se dieron vuelta para ver de donde venía y si era para ellos. Y lo vieron. El hombre mal entrazado, que estaba solo en su mesa, les hacía señas indicándoles que se acercaran. Y allí fueron movilizados por una gran curiosidad.

El personaje de unos cincuenta y pico de años, delgado, con barba descuidada, pelo entrecano y desordenado, vestía una chaqueta y camisa que tenían mucho camino recorrido y pocas lavadas. Frente a una botella de ginebra casi agotada, comenzó a hablarles agitando su vaso y lanzando vahídos de alcohol que espantaban a las numerosas moscas que pululaban por el local.

Perdónenme, pero alcancé a escuchar la conversación de ustedes y su interés por el mate galleta -dijo casi en un susurro y mirando a todos lados, como para estar seguro de que no lo escuchaba nadie.

Mi hermano y mi cuñado abrieron grandes los ojos, sorprendidos y al unísono asintieron levantando la voz entusiasmados.

¡Shhhhhh! - Dijo el parroquiano cruzando el dedo índice exageradamente sobre sus labios Sin tanto alboroto -les reclamó- por una vuelta les digo quién puede darles un dato preciso.

Sin más tramite pagaron la vuelta mientras el individuo mal entrazado, dibujaba en una servilleta un recorrido y anotaba una dirección aproximada.

Ahí llegan a una casa verde sin ventanas- les explica- con una doble puerta de madera pintada de blanco que está medio cubierta por una enredadera. Los va a atender el gordo “Barrilete ‘e plomo”, le dicen que los manda el “Cara ‘e Buque”, el que para en el boliche del Rulo.

Instantáneamente miraron al cantinero y recién se percataron de la melena enrulada que coronaba su testa. Al compañero de mesa, su cara alargada como la quilla de un barco, le caía como pintado su apodo.

El lugar quedaba a no menos de veinte cuadras de ahí. Y como no era un sitio que sospecharan recomendable, convinieron en dejar el auto en un estacionamiento y hacer el camino a pie. La ansiedad y el entusiasmo por encontrar lo que para ellos era como el Santo Grial de las Cruzadas, los hizo cubrir rápidamente el trayecto. Llegaron a una barriada con calles de tierra y casitas precarias e iniciaron la búsqueda más fina leyendo y releyendo las instrucciones que tenían en sus manos. Finalmente descubrieron semi tapada por una tupida enredadera y tal como les había informado el hombre del bar, la doble puerta blanca.

Golpearon vigorosamente varias veces con el puño, ya que no se veía timbre por ningún lado, hasta que sintieron pasos que se aproximaban. La puerta se abrió y apareció un hombre voluminoso, de cara redonda y manos gruesas, calzado con unas ojota y vestido con un pantalón deportivo azul, una remera apretada que dejaba ver su ombligo y pedía piedad, con un estampado en inglés. Con el ceño fruncido y no muy amigablemente les preguntó qué querían.

Nos envió Cara ‘e Buque, el que para en el bar del Rulo, venimos por lo del mate galleta- dijeron casi sin respirar nuestros amigos.

¡Shhhhhh! Hablen más bajo-dijo el grandote, asomando la cabeza y mirando a izquierda y derecha. ¿Qué quieren, que todo el barrio se entere? Pasen, pasen – les dijo mientras con la manaza les indicaba el camino.

Entraron siguiendo al dueño de casa por un largo pasillo de una casa de muchos años y bastante descuidada. Pasen por aquí, les dijo Barrilete de plomo (sería porque no se lo podía remontar, comentarían, días después, recordando los acontecimientos) llevándolos a una habitación iluminada por una raquítica lamparita que pendía de un largo cable de su elevado techo de bovedillas. En la antigua y amplia pieza se podían observar algunas sillas, una mesa de caño y estanterías que llegaba hasta el techo con paquetes, cajas y bolsas de distintos tamaños. El polvo y el desorden dominaban el ambiente. Los llevó hasta la mesa, que despejó de bultos con el brazo y los hizo sentar frente a el.

¿Para qué buscan mates galleta? -dijo sin más preámbulos. Mi hermano y mi cuñado lo miraron sorprendidos por tanto misterio.

Bueno...tiene un valor sentimental y práctico para mí – dijo mi cuñado- y considero que es el mejor para cebar un buen mate y quiero llevarme al menos uno a España.

Les diré -prosiguió Barrilete de plomo- que ya no tengo nada y como vienen bien recomendados y ya veo que no son cobanis (1) les voy a dar una mano. Tienen que ver al Laucha, pero los tengo que llevar yo, por cuestiones de seguridad. ¿ la paga es en euros? – preguntó el grandote- Mi cuñado asintió y salieron, abordando una moto carrozada, que tenía dos tablones adosados a los lados de la cabina, a modo de asientos, donde se ubicaron. Luego cerraron la cabina totalmente impidiéndoles ver por donde iban.

Después de andar unos veinte minutos por caminos supuestamente de tierra, con muchos saltos y varias curvas, llegaron al lugar. Sintieron que golpeaban fuertemente una puerta de chapa, hubo un chirrido al abrirse lo que supusieron un portón y luego una breve conversación. De nuevo se puso en marcha la moto trasponiendo con un brinco el ingreso. Mi cuñado y mi hermano se miraban preguntándose dónde estaban y con qué se iban a encontrar. Enseguida se abrieron las puertas del habitáculo y la luz del día entró de un golpe encegueciendo a los pasajeros. Al bajar pudieron ver el portón de chapa de color negro, de buen tamaño, que habían transpuesto. Se encontraban en un patio de tierra donde se observaban las huellas de vehículos que iban desde la entrada hacia un galpón con techo de chapa, de considerable tamaño.

El Laucha era un tipo delgado y bajo, de tez cetrina, nariz prominente, ojos achinados y boca pequeña con unas orejas grandes que parecían aletas. De edad indefinida pero no muy viejo, se cubría la cabeza con una gorra con la visera hacia atrás, dejando asomar unos pelos negros y gruesos. Les dijo secamente con una voz aguda y enérgica que lo siguieran y allá fueron detrás de Barrilete y de lo que parecía ser el final de su búsqueda.

Ingresaron al amplio galpón donde, como ya habían visto antes, abundaban las estanterías, cubiertas de cajas y bolsas. Arrumbado a un costado se encontraba un auto deteriorado al que le faltaban las ruedas y en el medio una camioneta carrozada, de modelo viejo pero al parecer en uso, que estaba siendo cargada por dos hombres que saludaron con un movimiento de cabeza. Detrás del vehículo había una amplia tarima de madera con algunas cajas arriba. Sin pronunciar palabra y con movimientos vivos y nerviosos, el Laucha llamó a los hombres para que ayudaran a sacar las cajas y movieran la tarima que resultó bastante pesada. Hecho esto se destapó para sorpresa de nuestros amigos una tapa metálica que, una vez levantada, dejó ver una escalera que bajaba a un sótano. Vengan – dijo el Laucha haciendo un ademán con la mano cuando ya tenía un pie en el primer escalón. Detrás de él, mi hermano y mi cuñado iban bajando con cautela. Al llegar abajo, se encontraron con un ambiente que, a pesar de la oscuridad, pudieron calcular de no más de cuatro metros por lado. Cuando el anfitrión bajó la llave que encendió el tubo fluorescente del techo, la sorpresa fue mayúscula. Las paredes estaban cubiertas de estanterías donde había cajas y cajas y más cajas, algunas cerradas y otras a medio llenar donde se podían apreciar, de distintos tamaños y colores, el preciado objeto que estaban buscando. Por fin la búsqueda llegó a su fin. El mate galleta estaba ahí. En el acto se les agolparon en sus mentes un sinfín de preguntas. ¿Por qué tanto misterio? ¿En qué negocio estaba esta gente? De todas maneras el júbilo y la emoción por haber encontrado lo que buscaban, ahogaron las preguntas.

Me imagino que van a llevar unos cuantos– dijo el Laucha – de todas maneras muchos no quedan, tenemos un envío grande que hacer y a pesar de que hemos eliminado toda la competencia, ya casi no hay producción. Media docena es lo mínimo que puedo venderles y les va a salir unos cuantos euros.

¿De qué estamos hablando? -Dijo mi cuñado, nervioso.

El Laucha lo miró de arriba a abajo, frunció los labios, elevó los hombros y extendió los brazos con las palmas de las manos hacía adelante como si fuera un sacerdote dispuesto a bendecirlos. Se tomo un instante y largó una cifra que dejó tiesos a nuestros amigos. Mi cuñado miraba hacia todos lados repasando los estantes repletos de mates, el techo con su luz mortecina que convertía las humedades en formas monstruosas, el piso de estuque verde... Luego de unos segundos que parecieron eternos, miró a mi hermano que le devolvió la mirada con los ojos grandes y las cejas desmesuradamente elevadas y después al Laucha.

Tengo algo conmigo, pero no llego a eso. ¿te podría transferir el resto? -Le dijo mi cuñado.

El Rey del Mate Galleta -ya podríamos decirle así- achinó los ojos y meneó la cabeza de un lado al otro y lo mismo hizo con el dedo índice de su mano derecha.

No podemos dejar rastros- dijo. Y luego de mirar al piso un rato levantó la cabeza y preguntó ¿cuánto tenés?.

Mi cuñado largó la cifra que llevaba encima, que estaba lejos de lo que le habían pedido. El Laucha se puso los dedos de su mano izquierda en la frente, como meditando y al rato dijo:

Bueno, vos sabés que desde que empecé a seguir a Messi en el Barsa, me caen bien los españoles, así que, por esta vez, te acepto esa cantidad, pero pierdo mucha plata ¿eh?.-Y les guiñó un ojo a los dos. Seguidamente y después de contar y revisar uno a uno los billetes, ordenó a uno de sus hombres que empacaran bien la mercadería y la camuflaran como si fueran gaseosas.

Hay que cuidarse de la yuta (2) – les acotó ante la cara de incredulidad de mis parientes.

Mi cuñado revisó los mates. Eran de varias tonalidades, casi del mismo tamaño y tenían grabados algunos motivos gauchescos. Uno que le llamó la atención, además, tenía unas iniciales en letra pequeña. Le gustaron. Los envolvieron bien y se los dieron en una caja bien cerrada. La alegría era indescriptible y una sensación de alivio le ganó por haber encontrado su Santo Grial.

Nuevamente encerrados en la caja de la moto carrozada de Barrilete de plomo, emprendieron el retorno. El viaje fue lento y con muchas vueltas y saltos, como el que habían vivido al llegar. Al abrirse la puerta del vehículo, se encontraron, como previamente habían acordado, en el lugar donde habían dejado estacionado el auto. Los rayos del sol fungían de despedida del astro rey que ya estaba oculto detrás de las sierras. Se despidieron sin mayor protocolo del grandote, que los miró y apoyó el dedo índice de la mano derecha bajo el ojo del mismo lado en un gesto de advertencia mundialmente conocido. Rápidamente subieron al auto con su preciado tesoro y antes de ponerlo en marcha, estuvieron mirándose un rato sin hablar, tratando de razonar sobre lo que habían vivido, repasando mentalmente sobre cada instante, mientras el grandote los miraba, como para certificar que se fueran.

Todo eso por un mate galleta -balbuceó mi cuñadoCuando lo cuente allá, nadie me va a creer. Al llegar a la casa contaron esta historia a borbotones, todavía con la sorpresa y estupor por la aventura vivida. Los que oíamos ese relato estábamos convencidos de que exageraban, pero lo cierto es que movido por la curiosidad, unos días después, al menos comprobé que los mates galleta brillaban por su ausencia en toda la ciudad.

Ya de regreso a España y paseando por un centro comercial de la pequeña ciudad donde viven mi cuñado y mi hermana, vieron con asombro en una vidriera de una casa de importación, varios ejemplares de mate galleta con pie de acero inoxidable y con grabados de gauchos de las pampas argentinas similares a los que había adquirido en Córdoba. El precio era irrisoriamente menor del que habían pagado ellos, así que movidos por la curiosidad ingresaron a ver el buscado producto. Al tenerlo en sus manos descubrieron varios con aquellas iniciales que les habían llamado la atención. Pegada, una pequeña estampilla, decía “Made in China”. 

Alberto Hernández 

(1) (2) policias 

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