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Filosofía barata en la plaza San Martín

Terminé de hacer unos trámites en el centro. El mediodía irrumpió casi sin darme cuenta, solo anunciado por esa sensación inconfundible de vaciedad que el hambre instalaba en mi estómago. Encadené mi bicicleta en el estacionamiento ad hoc de la plaza San Martín y para no irme muy lejos ni perder mucho tiempo, compré unos sánguches de miga y una gaseosa. Me esperaba una tarde completa en la hemeroteca, ubicada a pocos metros de allí, en el itento de concluir mi trabajo de varios meses buscando documentación para mi próximo libro. El día estaba soleado y la plaza invitaba a disfrutarla. Con mi almuerzo en una mano y la  mochila en la otra hice un repaso visual sobre los bancos libres y opté por uno de los más cercanos. Desde alli se veía el cabildo entre los árboles y la catedral cruzada con el gran mástil que lucía la enorme bandera celeste y blanca. A mi izquierda el monumento al Libertador.  Algo se celebraba porque había una banda y varios abanderados. Antes de sentarme...

El viaje y otros relatos setentistas

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El fiscal debe morir

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(policial negro o negrísimo) -Fiscal tiene que volver urgente al país, no importa donde se encuentre ni que cosa esté usted haciendo. El fiscal, esperaba ese llamado, lo intuía, sabía que no iba a poder concluir sus vacaciones con su hija a pesar de todas la promesas que le había hecho. -Vuelva ya- le había dicho el hombre del poder. En instantes se comunicó con su ex- esposa y le explicó que lo que temía estaba sucediendo; que debía pasar a buscar su hija por el aeropuerto, que iba a estar bien, que ya había hablado con ella, que se lo había explicado, que iba a estar tranquila, que no demore porque volvía a Buenos Aires en el siguiente avión. Al salir de la sala de arribos de Ezeiza vio a los hombres que lo esperaban, uno de ellos era el conocido hombre del medio hegemónico que lo había llamado; a los otros dos no los conocía. Subieron al auto que los esperaba y partieron hacia un destino en la zona norte de la Capital. Cruzaron todos juntos el amplio palier del sunt...

Hora pico

El tren del Ferrocarril Sarmiento, en el que veníamos desde Morón, comenzó a andar a paso de hombre a la altura de Flores y siguió así exasperando a todo el pasaje, sin que nadie encontrara una causa ni alguien las diera, hasta pasar Caballito donde finalmente detuvo su marcha. Recién en ese momento y ante la presión de varias personas que se agolparon frente a la puerta de la cabina del maquinista, vinieron las explicaciones que nosotros no alcanzamos a escuchar porque estábamos lejos. Tampoco nos preocupaba como, según podíamos ver, al resto de los pasajeros; tal vez porque estábamos paseando y no nos apremiaba la necesidad de llegar a destino en algún horario prefijado. Serían como las seis y media o siete de la tarde, horario en que la gente sale de su actividad laboral y no ve las horas de llegar a su casa, sobre todo después de viajar en colectivo o subte para después subirse a un tren. Después de varios minutos el tren arrancó nuevamente y a respetable velocidad se dirigió...

Se que estás

(revisando archivos viejos, encontré este poema que escribí hace una década y me gustó) Dedicado a M.R.D. Me levanto a la mañana Sacudiendo el tedio de empezar el día Y arremeto con bronca el agua fría Solo porque sé que estás. Subo a la licuadora de gente Que me lleva al yugo diario Y me banco ser esclavo del horario Solo porque sé que estás. Paso mi tarjeta por la ranura Del reloj botón y carcelero Y laboro de enero a enero Solo porque sé que estás Enfrento los odiosos expedientes Que foja a foja machacan mis neuronas Pase a pase con la computadora Solo porque sé que estás. Y en el medio del pozo rutinario Cuando todo es gris y plomizo Tomo conciencia de que estás. Ocurre la magia, el hechizo... Me sonríen los papeles, los clips y las biromes Quiero a todos...percibo que me quieren Levanto mi frente, me siento enorme Pierdo mi vista entre las nubes Que bañan las montañas a lo lejos. Siento que mi humanidad es alg...

Un espíritu travieso

En casa se pierden las cosas. Desaparecen, se esfuman de los lugares donde deberían estar, de los sitios habituales. Y uno pierde minutos, horas y a veces días buscando. No duerme pensando donde podría haber dejado eso. Repasa cada movimiento desde el instante en que recuerda que estuvo en sus manos por última vez; o en sus pies, o en su cabeza o en sus hombros. Hace el recorrido lógico y mira en detalle, escarba, mueve y remueve libros, adornos, papeles y repite “aquí debería estar”, “aquí lo dejé”, “en este lugar lo vi por ultima vez” y cada vez se pone más y más nervioso ; levanta la voz, gesticula, putea, blasfema, patea zócalos y no entiende como puede ser. Se sienta, cavila, enumera las acciones realizadas con los dedos de la mano izquierda y se dispone a repetir cada paso. Así hasta que se cansa, entonces busca en lugares imposibles como el baño, la heladera, el patio o abajo de los muebles como para no dejar sin cubrir alguna posibilidad de haber realizado una maniobra o un r...

Y yo aca, vivo.

Hoy me levanto tarde. El sol está encaramado en lo alto poniendo en fuga al frío mañanero de este agónico invierno cordobés. Salgo de la casa a hacer unas compras mirando hacia todos lados mientras pienso hacia donde encaminar mis pasos. Arranco para mi derecha después de organizar mentalmente el itinerario. Lleno mis pulmones con una intensa y prolongada inspiración mientras mis ojos se hipnotizan con el cielo totalmente celeste. Lapachos, sauces y siempre verdes que dominan una de las veredas me abanican suavemente. Una sensación de bienestar me invade y por primera vez en ese día - iniciando un ritual casi diario - pienso con satisfacción "estoy vivo". Y lo repito en voz alta ¡estoy vivo! Esa conciencia de estar vivo; de tener la suerte de estar vivo; de haber sobrevivido hasta hoy a muchos amigos, compañeros o desconocidos notorios, que se fueron antes de tiempo porque entregaron la vida por una causa, por una enfermedad o un accidente inesperado, hace que ponga atenci...

El taller de Turi

De las tantas ocupaciones y experiencias que tuve en mi vida juvenil, la que nunca se me pasó por la cabeza es la de ser actor. ¡Corten! Va de nuevo. Todos a sus puestos. Decía con voz potente el director de la película. Fue cuando el que oficiaba de mozo procedió a retirar los chorizos de los platos y yo que representaba a uno de los invitados a ese casamiento de campo, me quedé con las ganas de embuchármelo. “Netri, el mártir de Alcorta”, fue mi primera y última película; aparecí unos segundos, pero me sirvió para amenizar varias reuniones con la historia del rodaje que cada vez que la contaba venía corregida y aumentada. Fue un proyecto llevado a cabo a pulmón por “Cinematografía Agraria”, una cooperativa de vecinos de Argüello, que confiaban ciegamente en el emprendedor Juan Ginés Muñoz Digiorgi, director, productor, guionista y tutti cuanti de la película. Sus hijos eran los actores principales junto a algunos más de la comedia cordobesa; vecinos, amigos y parientes oficiaban...

En una fábrica de la Ruta 9

Si a la vida. Sí al amor. Sí a la generosidad. Pero el hombre es también un no. No a la indignidad del hombre. A la explotación del hombre. Al asesinato de lo que hay más humano en el hombre: la libertad. Frantz Fanon Era un día soleado en Córdoba. Estábamos comiendo nuestro almuerzo sentados en el suelo, con la espalda sobre la pared de la fábrica. A mi lado el Foca, más allá la Vaca y en línea, la mayoría de los compañeros del movimiento huelguístico emprendido contra el concesionario del comedor reclamando mejor comida y precios. Estábamos en el invierno de 1978, la dictadura se desplegaba en su nefasto esplendor. Sacábamos por entonces un periódico llamado Alternativa Socialista del que solo vieron la calle dos o tres números. Cuando allanaron el lugar que oficiaba de imprenta no salió más. Yo metía los diarios en la fábrica y los dejaba en el baño, sala proletaria de lectura por excelencia. Cada tanto algún supervisor "ortiva" golpeaba la puerta porque de ...

Tanguero

Caseros y Rivera Indarte. Viernes. La tarde empieza perezosamente a cederle lugar a la noche. La peatonal es un hormiguero de jóvenes universitarios, de turistas de fin de semana y empleados que finalizaron su jornada.  En la esquina, pantalón negro, camisa blanca, chaleco gris, zapatos con brillo y un funyi gastado, el cantor de tangos. Con su guitarra y su voz melodiosa, va entregando su arte haciéndole honor a la canción urbana. Canta bien. Yo lo sigo, cantando también, en voz baja mientras miramos vidrieras; me sé casi todos las letras. La gente pasa a su lado indiferente. Solo alguno se detiene un rato para seguir enseguida su camino. Termina de cantar y se auto-fabrica una ovación de un público virtual que enseguida le grita ¡Ídolo!¡Ídolo!. Gracias – contesta (se contesta). ¡No te mueras nunca! -vuelve a la carga su público. Eso intento pero con la plata que me dan ustedes es difícil. Hace un silencio y como reflexionando en voz alta agrega: No es sencillo ser un tanguero ...

Historias de aquélla piecita de Alberdi IV

Proletarización Después de muchos años volvi a juntarme con Florencio. En una calurosa noche de enero, picada y cerveza bien helada de por medio, fuimos recordando anécdotas, nombres queridos que todavía duelen y otros que afortunadamente todavía están para sumar en la alegría del reencuentro. El tema central, la Agrupación “28 de junio” de Materfer. El Huguito Rojas, electricista, obrero de mantenimiento de la fábrica, contaba su enésimo cuento cordobés, con todo su histrionismo y su gracia haciéndonos desternillar de risa a la veintena de participantes del asado que nos había reunido en la casa de Barrio Ituzaingó que Florencio Ramos Díaz Barilari – sí señor, doble e ilustre apellido - había hecho sede habitual de los eventos de la agrupación. Yo era un colado, pero por ser militante político del frente gremial de la orga, ya estaba asimilado, a fuerza de estar siempre presente colaborando, como uno más de sus activistas. “La 28”, había surgido casi espontáneamente com...

La noche de Le Corbusier

En esos breves años de democracia, la facultad de arquitectura de la Universidad de Córdoba tenía un anexo sobre la Av. General Paz que llevaba el nombre del célebre arquitecto franco-suizo Le Corbusier. Allí funcionaba una sencilla imprenta que contaba entre otras máquinas con un mimeógrafo electrónico, todo un lujo para aquellos años. El lugar, al igual que el resto de la facultad era democráticamente usado por estudiantes y docentes en el marco de la fascinante y asamblearia experiencia del Taller Total (1). Allí nos instalamos, ya cayendo la noche, con Alejandra, compañera de la orga, un par de años menor que yo, estudiante de filosofía y fervorosa y reconocida militante, que por entonces llevaba adelante, con más sombras que luces, una pareja con otro de los nuestros con quien convivía. Nuestra tarea era imprimir un volante que debía estar listo para ser repartido a la mañana siguiente, así que apenas instalados en el lugar nos pusimos a trabajar febrilmente. No recuerdo si...