Nunca, pero nunca, tuve suerte. Claro que me refiero a obtener algún premio en sorteos o juegos de azar, ya que en la vida debo reconocer que he sido y soy afortunado. Ni siquiera en las kermeses de barrio, ni en las fiestas vecinales de los días del niño adonde me llevaba mi padre y de donde volvía frustrado cuando los otros se llevaban los autitos, pelotas de fútbol o la bicicleta que era el premio mayor. Ni las rifas del cole, ni las del club y después, siendo mayor, ni las del sindicato, ni la quiniela, quini, toto, raspaditas varias, máquinas tragamonedas, bingo, etc. Nada de nada. Cuando recién había entrado a trabajar en la imprenta municipal y el sueldo era pobre, volví a tener esperanza en un golpe de suerte. Es sabido que en las administraciones públicas abundan los vendedores de cualquier cosa y también de rifas. Entonces se me dio por comprar de esas rifas que empiezan con sorteos "espera", después los mensuales hasta llegar al final donde al ganador se lleva auto...